viernes, 23 de febrero de 2018

Ahora que estamos solos #1

¡Hola, mis amores! ¿Cómo están?  Y tengo una sorpresa ¡Estreno sección! ¡Sí! Ya era hora que hace tiempo que no traía una novedad (?) Ok, no, que creo, tengo el blog lo bastante surtido como para que siga siendo entretenido pasarse por aquí. Pero me apetecía tener más cosas que actualizar, porque si no ando hasta la cabeza de cosas por hacer, no soy yo, ya lo sabrán (?). 

Esta sección surge gracias a Demiurgo, —que de paso aprovecho y los invito a pasarse a su blog—, que fue quién me sugirió hacer una sección aparte para los relatos de los jueves a los que no llegue o me exceda monumentalmente con el límite, que hay veces que mis chicos se entusiasman y de las 350 palabras, me saco una novela. Y está buenísimo, pero la idea tampoco es pasarse y tampoco da para no compartir esas historias, así que llegó ¡Ahora que estamos solos! Y como no participé en los más recientes, iré subiéndolos a partir de ahora ¿Primera parada? La ciudad del amor <3 No, no es París, esa es la ciudad de las luces ¡Vamos a Roma! La propuesta fue hecha por Gustavo y no alcancé a participar a pesar de que tengo una historia completa que sucede en Italia. ¿Qué historia es? Como una luz o como un grito. de paso, ya que estamos en esto de sumarme a todo, también, fue por sugerencia de Demi, que me acabé enganchando con un reto de Ginebra que aun no logro subir ¡así que mato dos pájaros de un tiro! Pueden verlo justo aquí.

Yo elegí:
○○El vagón de un tren
○○Una corbata

Y el elemento en común que debe tener el relato es un fotógrafo.

¡Vamos a lo nuestro!




¿Atesorar?

La habitación estaba ligeramente oscurecida. Ella sobre la cama con la pierna derecha flexionada, las manos sobre su cabeza y el cabello que caía salvaje sobre el colchón y su cuerpo, tiñendo de negro las sábanas blancas. La luz del reflector la iluminó y acto seguido, con el fotómetro se encargó de equilibrar las faltas de ésta hasta que quedó perfecta. 

Battista observaba tras de cámaras, como siempre, con la expresión tan estoica que siempre tenía cuando Milan no estaba rondándolo viendo al fotógrafo ir de aquí y de allá buscando sacar todos los ángulos posibles de la mujer. Era una de las pocas personas que podía ponerlo de los nervios, hacerlo sonrojar y enfadar todo en el mismo instante, y a veces más. Aunque justo ahora, podía quedarse calmo, viendo a su novia siendo fotografiada en posturas tan sensuales como impropias ¿por qué estaba ahí viendo eso? Porque no era el tipo de novio que fuera a impedir que ella hiciera lo que le gustase. Había modelado mucho antes de volverse su novia como para empezar con restricciones ahora, aunque hubiese preferido rechazar ese trabajo. Pero iba a ser un buen impulso a su carrera, siendo una reconocida línea de perfumes la que iba a publicitar.

Después de tanto trabajar con ella, no podía negar su atractivo ni la naturalidad con la que hacía todo ante las cámaras. Para Milan era tan sencillo como respirar o al menos, así lo hacía ver. Su problema para leer los rostros podía ser un impedimento para ella, pero por el contrario, había aprendido a sacarle provecho. Y esa era otra cosa que le gustaba de ella: no perdía oportunidad para aprender ni tampoco, se daba por vencida si no salía a la primera, lo que era totalmente opuesto a él, que se rendía con tal facilidad que daba pena ajena.

—Battista —lo llamó una de las modelos con las que trabajaba, Pia.

Battista dejó de prestar atención un momento para dirigirse a la mujer que llegaba envuelta en una bata de seda de color lavanda. Desde temprano que estaba en el set contiguo, aunque se habían tomado un descanso hacia como una hora por un problema con la iluminación y uno de los modelos, por lo que él se había dedicado a supervisar la sesión fotográfica de Milan en lo que solucionaban todo.

—Dime ¿sucede algo? —preguntó a ella con amabilidad, llevando las manos a los bolsillos.

Pia jugueteó con sus dedos unos instantes antes de mirarlo y morderse el labio inferior, llevando una de sus manos al brazo de su acompañante con una mirada de lo más seductora.

—Ya que estamos en Roma y que es mi primera vez aquí ¿te gustaría acompañarme a dar una vuelta?

La expresión de Battista se contrajo de la sorpresa ante la propuesta, pero lo que lo hizo quedar mucho más sorprendido fue el jalón que recibió de Milan al rodearlo por el cuello con sus brazos y al ser mucho más pequeñita que él, quedó casi doblado para alcanzarla.
 
—¡No! Battista es mío el resto del día —dijo esto último con una sonrisa llena de entusiasmo y una expresión de triunfo en la mirada.

Él, que no se acostumbraba en lo absolutos a esos arrebatos, estaba completamente rojo y ni si quiera pudo articular una palabra decente, sólo salió un balbuceo de su boca en lo que quitaba los brazos de Milan de encima suyo con delicadeza y se disculpaba con Pia por no poder ir con ella, ya que había quedado con Milan en hacer un viaje en tren, a Florencia. Como de costumbre no había podido negarse a ella, ya sea que fuera porque era ella y tenía un encanto especial en él para hacerlo decir que si o porque él realmente quería darle gusto, aun cuando no se diera cuenta de ello.

—Lo siento, Pia. En otra ocasión —se disculpó el booker con amabilidad y siguió los pasos de su ahora, novia— sabes que yo podría haberme hecho cargo de una manera más sutil —remarcó esa última palabra tomándola del antebrazo haciendo que quedara quieta frente a él.

Milan le dedicó una dulce sonrisa y deslizó su mano de su muñeca llegando a su palma, acariciando suavemente la misma con uno de sus dedos, haciendo sonrojar a Battista con esa insinuación.

—N-no.

—Aburrido —respondió yendo a cambiarse para poder salir finalmente hacia su viaje— voy a cambiarme —y se detuvo mirándolo por encima del hombro— a menos que quieras ayudarme.

El color que había tomado su piel no era natural de tan rojo que se había puesto, tanto que un tomate se vería pálido a su lado. Ella sonrió y siguió su camino sabiendo que la única respuesta que iba a conseguir era un no.

Él suspiró un poco más tranquilo una vez se fue. A veces, lo ponía de los nervios, que no sabía cómo debía actuar cuando estaba con ella y se le insinuaba de maneras que no era capaz de explicar ni de asimilar. Y aun así, podía decir que era un poco masoquista por aceptar estar con ella ¿lo disfrutaba? Había una gran posibilidad de ello.

******

El vagón iba bastante lleno. Era época turística, por lo que contar con espacio o comodidad no parecía ser algo que fuera a suceder, pero la muchacha aprovecharía eso como excusa para estar más cerca de él de una u otra manera. Battista era demasiado tímido para tomar la iniciativa y ella le sobraban los impulsos para hacer lo que quisiera sin pensar en vergüenzas ni edades ni nadie más que ellos dos. Era una ventaja, contando que gracias a ella las cosas iban a ir sucediendo de a poco o a toda marcha. Aunque considerando lo que era su novio, imaginaba que iba a ser todo a marcha de tortuga. Con suerte, lo disfrutaría en ambos casos aunque el primero era el que más ansiaba.

Se acomodó en el hombro de Battista, apoyando su cabeza en él como si nadie los viera. A ella le daba un poco igual, después de todo, no podría reconocer a nadie más que a su novio de aquel vagón. Aunque si se esforzaba, iba a encontrar algún rasgo característico en los presentes, pero no tenía interés en ellos de momento. Ya había tenido que dedicarse a ello exhaustivamente en el rodaje, que se había fijado en todo, desde la entrada en forma de corazón del fotógrafo en su cabello, como en las alhajas que llevaba la maquillista y la forma del mentón y  las orejas de la chica que había querido seducir a su Battista. Necesitaba encontrar cosas como esa o de lo contrario, eran una multitud sin rostros ni nombre hasta que le hablaban. Pero no siempre corría con la suerte de que le hablasen primero para identificarlos, así que todo ese trabajo de hormiga que hacía para que nada se les pasara por alto y ella pudiera vivir como una persona normal, era necesario. Aunque cuando Battista estaba cerca, la ayudaba susurrándole el nombre a su oído, facilitándole el trabajo y siendo mucho más disimulado que Luaces, que él siempre ponía en evidencia aquello y la hacía ver como una niña mimada cuando en realidad, sólo intentaba andar como una persona común. Ahora mismo, estaba más que tranquila y a gusto en su viaje.

—¿No has pensado en cubrirte un poco? Habrá mucha gente y seguramente, periodistas —le dijo él al verla tan despreocupada de su situación.
 
—Estaremos bien —respondió con calma— tengo una peluca en la bolsa si te incomoda andar así —lo miró con media sonrisa esperando su respuesta. Él corrió la mirada se rascó la nuca.

—Estás más que bien así —soltó sin poder volver a verla a los ojos.
 
En el trabajo, era mucho más fácil, pero sería que estando solos era más consciente de su presencia que se sentía cual adolescente cuando hacía algo como eso.

Sólo esperó llegar rápido a Florencia. Con el itinerario que tenían, no iba a tener tiempo de pensar en nada más que cumplir el horario.

******

El agua los había atrapado a mitad de camino. Apenas si habían ido a una cafetería y salido cuando la tormenta se desató. Esas tormentas de verano que llegan para quedarse. Y cuando empezó a granizar, ambos supieron que ni volver podrían hasta que la tormenta cesara. Así lo que iba a ser un viaje de un solo día, iba a extenderse un poco más, teniendo que buscar en donde quedarse hasta que pudieran conseguir un boleto de vuelta a su hogar.

Se hospedaron en un hotel y con todo lleno, tuvieron que compartir la habitación. Tanto Battista como Milan estaban empapados de pies a cabeza, habiendo acordado turnarse para usar la ducha.

Battista dejó el bolso de Milan en una silla después de secarlo un poco, esperando que ella saliera, mientras tanto, dio un par de vueltas observando todo y sólo se arrepintió de estar solo porque así, comenzaba a pensar y pensar no era bueno en su caso.
 
Apenas la vio salir, entró cual rayo al cuarto de baño, evitando mirarla.
 
Ella quedó helada, secándose su larga cabellera viendo la puerta cerrarse. No lo entendía a veces, por no decir, siempre.

Milan se puso de pie como si la hubiesen impulsado de la cama. El lunar debajo de su ojo se veía con una gota de agua que caía de su cabello escurriéndose por la cara. Se acercó y lo rozó poniendo a la defensiva a su compañero.

—Bésame —le ordenó agarrándolo de los bordes de a bata y haciéndolo encoger para que estuviera a su altura—sólo hazlo.

Con duda y cierta dulzura y delicadeza en su tacto, probó el beso de sus labios fríos. Ella estaba helada aun cuando estaban en la habitación cerrada. Lo abrazó y sin soltarlo, lo sentó en la cama y él a sabiendas de lo que ella haría, la detuvo, quedando encima de ella de un momento a otro sin pensar en las consecuencias.

—¿Y ahora qué harás? — preguntó Milan debajo de él.

Él sonrojo podía cobrar vida en el rostro de Battista, dándose cuenta de lo que acababa de hacer, que al intentar detenerla, se había puesto en una situación mucho más comprometida para él y para ella, que no iba a desaprovechar oportunidad, alzando levemente su torso para poder llegar a besarlo. Y él sabía que si cedía a eso, iba a verse realmente comprometido, levantándose como si lo hubiesen empujado de la cama de un solo golpe.

Milan se echó en la cama riéndose de su reacción cuando él aún se negaba a mirarla.

—¿Por qué sigues negándote? Hace un mes que salimos —se levantó y avanzó a gatas hasta a él, apoyándose contra su espalda.

—Aún eres menor de edad.

—¡Oh, vamos! Como si alguien fuera a decir algo al respecto —se quejó ella rodeando su abdomen con sus brazos— me faltan siete meses para cumplir los dieciocho. No hay nada que no podamos hacer —sugirió sugestiva acompañando sus palabras de sus caricias colando una mano en la abertura de su bata cuando él la detuvo.

—Un juez no pensaría lo mismo.   

—¡Qué vainilla! La mayoría de los hombres moriría por estar con una jovencita como yo —y se dejó caer de nuevo en el mullido colchón— si te muestro la parte más sexy de mi cuerpo ¿cambiarías de opinión? —Se rio sonoramente cuando él volteó sonrojado al sentir su pie rozar su espalda y ver a la muchacha abriendo su bata de tal forma que sólo se le viera el ombligo.

—Sólo tú puedes pensar que el ombligo es la parte más sensual de tu cuerpo.

—¡Así que tienes una parte favorita! Sabía que debías tener una libido normal —cantó victoriosa ella siguiendo el recorrido de su pie por su espalda, cuando él la detuvo.

—Yo nunca dije eso.

—Pero no lo negaste y eso es más que un logro para mí —y con ello, lo tomó del brazo y lo jaló hacia ella. Battista iba a tener algo a ese ritmo, pues aunque estaba saliendo con ella, aún no estaba muy familiarizado con sus acciones ni las cosas que acostumbraba a hacer cuando menos lo esperaba, era una caja de sorpresas que no lo dejaba pensar y si no reaccionaba rápido, tenía miedo de estropear las cosas con ella— puedes comenzar besándome —susurró contra sus labios y aunque correspondió el beso, volvió a detenerla viéndola hacer un mohín inflando los mofletes.

A pesar de eso, a él le causaba ternura que hiciera berrinches de esa manera por no obtener lo que quería. Se acomodó la bata y se recostó a su lado un poco más calmado. Mantener la paciencia era una de sus especialidades. Aunque últimamente, se veía muy, muy a prueba cuando la tenía a ella cerca.

—¿Cuáles son tus ansias por crecer? —preguntó abrazándola, dándole un beso en la frente— déjame que te atesore así un poco más.

—Pero ni si quiera me ves cómo mujer —se quejó.

—¿Y cómo te veo? —Se rio ante aquella idea que tenía ella— creo que estás perfecta así. Nunca te pedí que crecieras para gustarme. Sólo sé tú misma. Con eso tengo más que suficiente —le dijo apretando un poco más el abrazo.

Ella no quedó del todo convencida, pero al cerrar los ojos y respirar su perfume, sintiendo el calor de su cuerpo y el latido de su corazón contra su oreja, se quedó un poco más tranquila. Aún tenía sus dudas, algunas, quizás nunca la dejaran con el fantasma de su ex que había vuelto y la acechaba, pero cuando estaba así, entre sus brazos con tanta calma, podía pensar un poco más en su presente y en como conservarlo. Podía amar un poco más a Battista y procurar estar a su lado, en las buenas, en las malas y hasta en su abstinencia. Milan sabía que lo iba a esperar el tiempo que hiciera falta, pero eso no iba a significar que iba a dejar sus cartas. De momento, se iba a dejar atesorar.                                         




¡Un abrazo!
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domingo, 18 de febrero de 2018

Encuentro y partida

¡Hola a todos! ¿Cómo están? He tenido un día realmente horrible >.< ¿No les pasa cuando no ven la hora de que se acabe el día? Bueno, así. Aun con ello, he hecho mi catarsis escribiendo ¿qué sería de mí si no tuviera la escritura? Y realmente, me ha salido un relato entre lo macabro y el humor negro. ¿Protagonista? Uno de los que me encantan ¡Un esqueleto! Con una vitalidad digna de envidiarse.


Encuentro y partida

Estaba oscuro, frío y húmedo. El olor del musgo y la madera vencida por el paso del tiempo se olía en el ambiente. Podría haberla olido de tener nariz. Un hueco negro y vacío se cernía sobre su cara. Las orbes hundidas y los dientes amarillentos, llenos de tierra y humedad formaban una expresión feliz, o al menos, si los huesos tuvieran la flexibilidad de los músculos que había perdido, se habría visto feliz, pero transmitiría esa sensación de alguna manera. 

Se sacudió las costillas y los hombros, haciendo sonar sus dedos huesudos.

—Pero que buen ritmo —dijo al sentir el golpe de sus dedos contra el hueso, repitiéndolo para acabar silbando la melodía que descubría de improviso con su cuerpo— quizás, aun me queden hojas pentagramadas —y comenzó a caminar dejando atrás la tumba que le había dado cobijo. La madera rota sobresalía por el foso habiendo quedado varias astillas en el suelo que se habían pegado a su esqueleto.

Caminó hasta la avenida, habiendo dejado atrás el cementerio. Llevaba un reloj viejo pero reluciente de oro maltratado por el tiempo, pero luciéndolo orgulloso en su cúbito y radio. Ahora, tan sólo necesitaba un vehículo y si bien, era un esqueleto, dudaba que lo dejaran subir al transporte así como así.

Había pasado tres décadas enterrado ¡tres! Y eso que habían prometido encontrarse pronto y nada. Esperar cansaba, así que harto de tener el ataúd para él sólo, decidió que era momento de ir a hacer una visita, por lo menos, para aguantar otras décadas en el sepulcro hasta que le llegara la hora.

Se detuvo en la parada del colectivo, habiendo ahuyentado a los transeúntes que esperaban a viva voz y gritos.

—Han de tener mucha prisa —se dijo desentendido cruzando los brazos, mirando el reloj sobre su muñeca. Diez y veinticinco, aún tenía tiempo para tomar el ciento tres, que si ella seguía en el mismo lugar y con los mismos hábitos de siempre, llegaría para el final de la novela de la diez. Santo horario, que aun en vida, nadie la molestaba con la novela de turno, dudaba que hubiese cambiado con su partida.

Vio el colectivo llegar y le hizo la parada, pero hubo un choque ahí mismo. Un auto había hecho una mala maniobra al ver al esqueleto esperando de pie mientras tarareaba una canción ¡Y qué alegre melodía canturreaba! Pero fue el principio del caos. Uno sólo fue suficiente para causar estragos y generar un choque en cadena: seis autos y el colectivo.

—Menuda imprudencia. En mis tiempos los conductores eran más cuidadosos —se quejó lamentándose del incidente, intentando acercarse a ayudar a una anciana que había caído justo frente al accidente, pero de sólo verlo ¡hasta el bastón se olvidó! Que con las reumas y los achaques de la vejez, la vieja salió corriendo a todo galope gritando que aún no era la hora de que le diera la mano a la parca. 

Una falta de respeto total para él que había ido con muy buena voluntad a ayudar. ¿Pero qué más le daba? ¡Los tiempos habían cambiado! Y las buenas costumbres se habían perdido con ello.

Lamentándose, volvió a la vereda sintiendo el estrepito de otro vehículo estrellándose. Las ambulancias y a policía estaban cerca de llegar que las sirenas se escuchaban a la distancia. Pero él, con las prisas que tenía, iba a buscar otra parada.

¡Y vio su salvación! Vio a un muchacho dejar su bicicleta para entrar a un quiosco. No se había percatado del muerto hasta que se le acercó, posando sus manos huesudas sobre las de él para entregarle el reloj a cambio de la bicicleta. El chico había quedado paralizado del susto, viendo alejarse al esqueleto en su bici cantando ‘hoy puede ser un gran día’. ¡Y qué lo era! No todos los días sucedía algo así.

Se detuvo en una calle transitada, dejando todo tipo de reacciones a su paso, desde accidentes nuevos hasta desmayados. Algunos más audaces, hasta lo había filmado. Gabriel, el esqueleto, había sido un hombre peculiar tanto en vida como en muerte ¡Y se notaba! Que ni la muerte lo afectaba para dar la nota en plena noche.

—¡Señoritas! Necesito que me indiquen un par de direcciones. Esto ha cambiado tanto que estoy perdido y no llegaré a ver a mi señora —contó él deteniéndose ante un grupo de abuelas que chusmeaban en la puerta, pero las viejas le cerraron la puerta de un portazo olvidándose hasta las sillas en la entrada— se habrán emocionado. Seguro que también ven la novela —dijo volviendo a poner el pie sobre el pedal a seguir andando. Algo iba a encontrar, como qué, tenía toda la muerte por delante para llegar.

Se detuvo en un quiosco en donde un chico casi con movimientos robóticos le señaló el camino. Y ahí lo reconoció cuando llegó a la calle de su barrio: todo estaba como siempre. La casita con las tejas salidas, la pared a medio pintar, como él la había dejado cuando se había caído del techo por el limón atorado en la canaleta ¡menuda suerte de caer de cabeza!

El portón hacia el mismo ruido estridente que antes ¡digno de una película de terror! Que en su casa, los efectos de sonido le sobraban para ambientar cualquier historia.

Abrió la puerta con la llave escondida debajo de la maceta que cubría la enredadera y entró directo a la habitación.

—¿Y por cuánto más me ibas a dejar esperando? Tampoco es que tenga la eternidad por delante —mentira, que la tenía, pero tampoco es que fuera a hacer su aparición sin ningún reclamo.

La anciana que descansaba en la cama, saltó y casi recuperó su vitalidad al ver al esqueleto en frente de ella, casi como todos, que Gabriel como esqueleto parecía ser mejor remedio que cualquier ciencia médica. Se persignó varias veces y le rezó a la virgen santísima y a todos los santos que iba recordando sin dejar de persignarse tantas veces como las manos le eran capaz de permitirse.

—Virgen nada ¡soy tu marido! —Le reclamó acercándose hasta la cama y ante los ojos bien abiertos de ella, se quitó los anteojos para verlo bien de cerca.

—¿Gabriel?

—El mismo —y se miró en el espejo de la cómoda— los años me han hecho mucho más pintudo[1] — y hubiese arqueado las cejas picaron si las hubiese tenido, pero con aquel gesto que hacía con sus dedos peinándose una melena que no tenía, era más que suficiente para ver lo confianzudo que seguía, tal y como había sido en vida— ojalá tuviera una buena barba, eso te encantaba —dijo acariciándose el maxilar inferior haciendo un ruido suave con sus huesos.

—¿A qué has venido? —Logró articular cuando se le pasó la sorpresa. En realidad, aún mantenía el rosario entre sus manos, pero esos gestos lo había visto sólo con él ¡y huesos o no, era él! ¡Su Gabriel!

—Me cansé de extrañarte.

—¿Entonces, vienes a llevarme? —La mujer se encogió en la almohada y miró la televisión. Aun no sabía si Juana estaba embarazada de Claudio o de Pepe como para mandarse a mudar así nomás. Que a esa edad y con su jubilación, sus penas más grandes residían en los problemas de alguien que ni si quiera era real.

—¡Nah, qué va! Vine a acompañarte. Espero que me hagas esperar un par de décadas más —se sentó a su lado y fijó sus orbes vacías en la televisión con lluvia ¡si era la misma que él había comprado!

—¿Y cuánto te quedarás? —Preguntó soltando el rosario y tomando con cuidado su mano, entre los temblores de la vejez y su alegría por volver a estar en su compañía.
 
—Lo que tú quieras, querida —su mandíbula quiso formar una sonrisa que le erizó la piel. La anciana se rio y le dio una suave palmadita en los huesos que algunas vez habían tenido unas rosadas mejillas.

Justo acabó el comercial y se enteraron de la suerte de Juanita.

Ya se podía ir en paz.



[1] El Word me lo ha corregido, así que imagino que es un argentinismo. Pintudo es alguien muy elegante, bien vestido.


¡Un abrazo!
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